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Yo soy Robin.


Respirar hondo en el punto exacto del bosque donde tú me decías que respirara hondo para meter todo la vida en mis pulmones. Recoger piñas para recoger piñones. Ir a ver la flor que crece hacia al cielo para alcanzarte. Ir a la huerta a por guisantes. Llamar diariamente a la abuela. Jugar con C. a Batman en la play que le regalaste; yo soy Robin, lo hago fatal pero con mi supertáctica de pulsar cienes y cienes de veces al botón de disparar, le he ayudado a pasarse la pantalla imposible y ahora C. me debe una. Encender la lámpara de tu mesilla.

Así voy, exactamente igual que los patitos que siguen a la mamá pato, yo me dedico a gastar tardes y tardes paseando por los caminos por los que tú paseaste para calmar estas ganas mías de seguirte a cualquier parte. 

Algunos días abro tu armario y cojo tu costurero con una delicadeza desconocida. Tú sabes que es una excusa pésima, que a mí siempre me gustaron los vaqueros rotos, que lo que yo quiero es cogerte de la mano y busco tus manos en tus objetos. Si toco lo que tú tocaste, te toco. Si toco lo que tú tocaste, te toco. Si toco lo que tú tocaste, te toco.

Y ya no sé qué más jodidamente inventarme. Y ya no sé cómo más jodidamente reinventarme.

Si no crees en dios, ¿en qué crees? - Me pregunta una mujer esta mañana mientras intentaba darme un díptico sobre Dios y modelos maravillosos de familia.
En mi madre, yo creo en mi madre - Le contesto.
Ella no dice nada.
Llego tarde al trabajo, que tenga un buen día.