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Gitana.

Imagen de Quint Buchholz
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Libros, en su casa sólo había libros. Algunos los compró en su juventud, otros los encontró perdidos pero la mayoría los robaba. Si tenía que escoger entre sustraerle a un guiri la cartera o un libro, siempre se decantaba por la segunda opción, el hambre podía esperar.
Tras el terremoto todo quedó en silencio y la puerta de su casa atascada. Sólo entraba algo de luz y aire por una de las ventanas, demasiado alta para alcanzarla. Nadie iría en su rescate, lo sabía. Buscó el Romancero Gitano, se aprendió de memoria el Romance sonámbulo y puso el libro en el suelo. Sobre él, colocó el resto haciendo una pequeña escalera.
Leer, una vez más, le hizo libre.
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