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El cadáver.

Al abrir la puerta me encontré con el cadáver, crucé el umbral, miré a mi alrededor en busca del culpable de crimen tan atroz y me asomé despacio a la escalera con miedo de encontrar su rostro quieto, esperándome. Tras comprobar que nadie más estaba allí, permanecí en silencio tratando de escuchar los pasos de la huída pero el fuerte latir de mi corazón me impedía oír nada más. Me sentí insegura y observada, podía percibir todavía el timbre de la puerta en mis oídos y su presencia huída a través del pasillo. Apoyé la espalda en la pared para asegurarme la imposibilidad de un retorno que me avasallase de nuevo por detrás, siempre había tenido ese miedo y aun sigo teniéndolo. El corazón fue frenando poco a poco su ritmo al cerciorarse de la inexistencia de ninguna otra vida además de la mía. Entonces giré lentamente la cabeza para dirigir la mirada al lugar donde permanecía inerte lo que poco antes fue vida; allí estaba, colocado estratégicamente en el suelo, en frente de mi puerta, esperando a ser encontrado. Mis pasos avanzaron hacia aquel lugar pese a la completa desaprobación de mi cabeza. Me arrodillé a su lado y el corazón volvió a acelerarse cuando me dispuse a descubrir la identidad de la víctima, para ello abrí con temblor la nota que le acompañaba y encontré un “te quiero”. Entonces, tomé el cadáver de la inerte rosa con sumo cuidado y entré de nuevo en casa.
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