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Gramática.

Bruce Miller, un conocido neurólogo californiano, ha descubierto que el yo se encuentra a la altura de la ceja derecha. Parece mentira que no nos hayamos dado cuenta antes. Levanta esa ceja con gesto de superioridad o asombro y verás cómo el que se asombra o se siente superior es en realidad el yo. Ahora cierra el ojo izquierdo y abre la nevera para observar el pollo y las lechugas desde la pupila más cercana al yo. ¿No notas que los yogures caducados y el besugo muerto intentan comunicarte una catástrofe? Todo se vuelve hiperreal y amenazante, en fin, cuando se mira sólo desde el yo. Por eso la naturaleza, que es muy sabia, ha colocado el tú a la altura de la ceja izquierda. De este modo, las responsabilidades se diluyen, o se reparten entre los dos ojos (entre tú y yo), para que nada resulte demasiado excitante o pavoroso.
Prueba, si no, a cerrar el ojo derecho, que es el del yo, decíamos, y recorre la casa con el tú abierto de par en par. Ahora eres tú quien va por el pasillo, pues, en dirección a la cocina. Quizá a la altura de la adolescencia, oigas unos gemidos primordiales procedentes del dormitorio de los padres. Dos pasos más allá, donde muere el pasillo y nacen las quimeras, tropezarás con la puerta invisible de la infancia. Vas tú solo por el pasillo, tú, sin la ayuda del yo, igual que un perro abandonado. Tal vez tengas la tentación de coger un lápiz y un cuaderno y escribir un poema para un solo ojo: el de la cerradura. La cerradura representa el tú, aunque el que se asome a ella sea yo. Como experiencia, basta: abre el ojo derecho y negocia con él, llega a un acuerdo entre tú y yo, entre la ceja izquierda y la derecha, para que se asombren a la vez.
Ahora cierra los dos ojos. En buena lógica, clausurados tú y yo, se despertará él. Él es el más cómodo de los tres que nos habitan. Pide menos que los otros dos, aunque es con frecuencia el que más da. Trabaja, como sabes, al tacto y tiene las puntas de los dedos muy sensibles. Él ha tocado tejidos esenciales y ha descubierto continentes húmedos de los que tú y yo aún no sabemos nada. Tú,
yo, él. Estamos hechos de pronombres.

Quizá buscamos erróneamente en la ciencia lo que se encuentra en la gramática.
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