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El ahogado más bello del mundo.


Mimo
Roma
La muchacha negra y su esposo son los primeros seres humanos que gracias a esa ayuda se salvarán, al menos los primeros que yo veo porque, aunque llevo mucho tiempo aquí, no había vivido hasta ahora la pronunciación del Supremo. El resto permaneceremos impávidos, envidiosos, soportando el olor a tedio y devorando a cucharadas el indigesto silencio, mientras esperamos el nuevo acto de bondad que abra las puertas del cielo o del infierno anhelando ser nosotros los elegidos para cruzar dicho umbral. Ese irrefrenable deseo viene dado por el desprecio de este odioso lugar: está prohibido reír y llorar, y es de un permanente gris tormenta a la que le arrebataron los truenos y los relámpagos pero que sigue dando miedo cuando se contempla en soledad.
Cuando las personas llevan aquí ya un tiempo, deciden tomar asiento igual que en cualquier otra cola de espera aunque en ésta, la cita previa no está fijada y el turno de entrada puede ser en cinco minutos o en cinco años, y es que existiendo la eternidad no hay prisa excepto para los que allí estamos que podemos llegar a querer enloquecer para recuperar algo de la humanidad que nos fue arrebatada al entrar en el limbo. Esperamos con irremediable paciencia ser juzgados por un Tribunal que imaginamos compuesto de distintos dioses con distinto grado de poder y con los mismos vestidos blancos, todos alrededor de una mesa alargada suspendida en una nube también endiosada.
Mientras lucho contra toda esa incertidumbre, miro discretamente la entrada por la que cruzan nuevos reos que acaban de dejar de vivir, esperando que por ella entre el ahogado más bello del mundo y me encuentre y se siente a mi lado y me ame sin reír ni llorar, sólo amando, hasta que ellos me juzguen o le juzguen.
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