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Crisantemo morado.

Graffiti de El niño de las pinturas en Granada

Cuando Mikel cumplió cinco años se comió un crisantemo morado. Su madre tenía algunos en la terraza y él siempre los miraba de reojo con la curiosidad de quien descubre cada día los colores. Aquel día decidió darse con uno de ellos el festín de su quinto cumpleaños y tras un tiempo de incertidumbre y, una vez decidido que era morado el afortunado, se lo comió. Desde entonces ya nadie le llama Mikel y Crisantemo lleva para siempre una flor en su interior.
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Ese mismo día su tío Ángel le regaló un enorme peluche jirafa y Crisantemo al verlo no paró de llorar durante tres días y tres noches. Paró de llorar cuando la jirafa salió de casa y fue devuelta a la tienda y cambiada por un hipopótamo que a nadie gustaba pero que a Crisantemo hacía reír. Pero aquel miedo irracional por las jirafas no acabó ahí: Crisantemo dormía cada noche abrazado a su hipopótamo azul pero en algunas ocasiones la jirafa volvía y suplía por sorpresa al gordo animal y Crisantemo pasaba la noche abrazado a quien más temía hasta que sus ojos se abrían y descubrían la fatalidad. Aquellos terrores nocturnos fueron desapareciendo poco a poco entre las sábanas de papá y mamá donde la jirafa no se atrevía a volver.
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Hoy hace ya años que Crisantemo duerme solo aunque de vez en cuando tiene suerte y lo hace acompañado por una mujer que desbanca a su viejo hipopótamo. Su aversión a las jirafas todavía sigue presente y es siempre fruto de una burla que Crisantemo recoge ya entre risas. Hoy cumple veinticinco años y sus amigos, en su empeño de convertirle en jirafa, le han regalado una corbata y unos calcetines amarillos con manchas negras que saben que nunca se pondrá porque sigue teniendo miedo aunque ya no llora, y su madre le ha tejido una bufanda de los mismos colores que le entrega entre risas mientras su hermana destapa una tarta de cumpleaños en donde una jirafa dibujada le desafía con un “cómeme”. El cachondeo está una vez más servido y aunque Crisantemo también se ríe es una risa nerviosa que no a todos pasa inadvertida, su abuela desde un rincón del salón donde se ha apartado para eludir el bullicio, mira a su nieto preocupada y le pregunta, acallando el griterío:
- Hijo, nunca te lo hemos preguntado, ¿por qué temes tanto a las jirafas?
Crisantemo le mira con cariño, han tenido que pasar veinte años para que alguien se lo preguntara, él nunca contesta sin ser preguntado:
- No me gustan, abuela, por la gran distancia que existe entre su corazón y su cabeza (situada muy por encima de aquél cuando el animal está erguido y muy por debajo cuando la baja).
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