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El baile de una vela.


Un salón deshabitado, la puerta entornada, olor a tabaco apagado, estrellas en el cenicero, silencio recién nacido, ruido recién abandonado. La luz con vida propia entra sin miedo y ocupa los asientos mientras espera ser acompañada por una nada que acaba de llegar. Todavía se oyen voces, todavía se oyen sus voces, su amor en cada rincón, sus gritos susurrados al oído y sus susurros gritados en el balcón. Todavía vive el amor entre las sábanas y se escucha el latir de un corazón apasionado mientras el baile de una vela delata la presencia rezagada de su espíritu. Muere lentamente su fantasma y desaparecen entre las rejillas de la cocina sus últimos suspiros y su esperanza degollada.
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El ruido de las llaves cuando llega ya no es causa de la sonrisa solitaria de su amado que adivina su llegada sentado en el sillón... la puerta está abierta y él no está en casa. Sus pasos en el pasillo no tienen destino ni despiertan impaciencia, su aparición tras la puerta nadie la espera... Tradición obsoleta. Se profana el silencio con el llanto de una mujer.
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