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Placeres en venta.

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Se encontraron en la Gran Vía, a la altura del McDonalds que hace esquina con la calle de los placeres en venta y la dignidad en oferta.
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Ella tenía frío y él una discreta chaqueta que le cedió a cambio de algo; ella entonces le acarició los labios con sus dedos largos y finos con la misma suavidad que acariciaba las teclas del piano las tardes de ensayo y consiguió la chaqueta para sus hombros descubiertos. A ella le gustaba su corbata de rayas y él se la quitó y la dejó en sus manos a cambio de algo; ella entonces le besó primero su ojo izquierdo y después su ojo derecho. Entendió pronto el juego, a cada prenda que él se quitaba, ella le regalaba algo y lo que le regalaba cada vez era más bello.
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A los diez minutos, si hubiera habido un espejo cerca o hubiera girado la cabeza hacia el reflejo de los escaparates, se hubiera visto completamente desnudo en plena Gran Vía, a la altura del McDonalds que hace esquina con la calle de los placeres en venta.
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Y yo quiero que me besen los ojos y si no me los besan me llevo un cuchillo de la cubertería de mi madre y secuestro el primer avión que vea para pedirlo de rescate.
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