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Cielo rojo.

Fachada
Londres
Llegaste al atardecer cuando el cielo rojo lucha en vano por transformarse en infierno, y los perros sacan a pasear a sus amos, y las cocinas comienzan a encenderse para terminar quemando la cena (o el día). Te sorprendiste de los pequeños charcos que encontrabas a tu paso tras bajar del autobús que a ambos nos trae a casa, aunque siempre a diferentes horas. No había llovido en todo el día pero tú, extrañado, pisaste los pequeños charcos salpicándote el pantalón. Parecían un reguero olvidado en medio de la acera. En frente de nuestro portal, otros dos charquitos que esta vez evitaste mientras sacabas las llaves. En las escaleras que llevan al ascensor, el rastro de alguien que sí que las había pisado y en la rampa más gotas, y en el ascensor, y mientras pensabas en la trastada de un niño. Te bajaste en nuestro piso y allí continuaban como si se trataran de miguitas de pan que conducían intencionadamente a casa. Tras abrir la puerta te diste cuenta que algo brillante manchaba el suelo y con un trapo viejo lo hiciste desaparecer.
Y mientras tanto yo lloro cariño, sin que tú sepas que el llanto es mío.
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