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Castillos de arena.

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Pronto pude distinguir sus voces con toda claridad, flotaban en el aire como si de niebla espesa se trataran, demasiado espesas, tanto que podía moldearlas con mis manos pero estaban frías y mis manos se congelaban hasta tal punto que dejé de sentir su frío y mi frío, hasta tal punto que dejé de sentir. Entonces pude tomarlas, algunas se escapaban entre mis dedos y otras se dejaban abrazar. Las junté todas como el niño que junta la arena en el parque para construir castillos, pero no me parecieron suficientes, miré a mi alrededor en busca de alguna voz perdida que ajuntar a mi montón de voces pero no la encontré y decidí crearla lanzando un grito tan afilado como una jabalina que hubiese sido capaz de atravesar cualquier corazón si alguien hubiese estado presente. Las fundí y con todas ellas esculpí mi reino, pieza por pieza, día tras día. Aquella masa uniforme que volaba en el aire se convirtió en una ciudad, mi ciudad, la ciudad a la que todas las voces van cuando ya han sido dichas y nadie las quiere.
Cr con cuidado habitantes que la habitaran y les coloqué estratégicamente para que se encontraran y enamoraran, creé coches con que recorrer sus calles, creé perros domésticos que sacar a pasear y creé gatos callejeros que de día durmieran y de noche se recrearan.
Pero un día una voz agonizante gritó que el mundo se había quedado mudo y mi
reino se paró.
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Imagen: Lisboa 06. 
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