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Guantes de látex.

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Una vez estuvo cerca del amor, no sabe precisar la distancia exacta porque los cálculos no se le dan bien. Le pasa igual que con los kilos y los años; cuando le piden que los estime siempre tiende a decir diez menos de los que realmente piensa, así suele equivocarse para menos, le gusta ver la cara complacida del que a sus ojos parece más delgado o más joven.

Los sábados por la mañana toca limpieza general asique ella se levanta a las ocho y su hombre aprovecha para no hacerlo hasta las doce. Cada sábado limpia a fondo una habitación, esta semana le ha tocado la cocina así que se pone su ropa vieja, que a penas se diferencia de la nueva, y los guantes de látex rosa que le gustan porque le recuerdan aquel anuncio de una pareja fregando la cocina con esos guantes y él se excita al rozarse con ella y acaban amándose en lugar de limpiando.

Comienza por la nevera que descongeló la noche anterior; primero enjabona con estropajo, aclara con bayeta y por último seca con un trapo. La tarea de secar a veces se le complica porque los sábados por la mañana es uno de los momentos en que más llora y las lágrimas cuando estás secando no son de mucha ayuda, y además dejan mancha. El sábado pasado comprobó este último dato: le tocó limpiar el salón y una lágrima cayó en la mesa de madera, no la secó creyendo que el fenómeno de la evaporación actuaría con la lágrima igual que con el agua pero al rato contempló que en el lugar de l
a lágrima había una mancha blanquecina, seguramente por la sal. Pero las lágrimas le venían muy bien cuando enjabonaba y mezclaba con el jabón y la lejía, su llanto; seguramente los tres productos de limpieza más usados por muchas mujeres.
Tras la nevera limpió los fuegos, la lavadora, el horno, el microondas y repasó a fondo cada vaso, cada plato y cada olla con la rutina tripartita: fregado, aclarado y secado – jabón, lejía y lágrimas saladas.

Su hombre aquel sábado se hizo el rezagado y no se levantó hasta que el olor de la comida llegó a sus fosas nasales e hizo estragos en su estómago. Su hombre que la amaba profundamente, notó en seguida la tristeza de su mujer:

- Cariño, tienes que tener más cuidado, hoy hiciste toda la comida salada.

(Seguramente por la sal de las lágrimas)

Una vez estuvo
cerca del amor, quizás fue al ponerse los guantes de látex rosa y recordar aquel apasionado anuncio, o quizás cuando el látex se lo ponía él y la follaba mientras ella miraba el techo; no sabría precisarlo, a mí tampoco se me han dado nunca bien los cálculos.
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