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Lucía I

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Lucía apenas mide un metro de puntillas y con el brazo derecho extendido hacia el cielo, ese con el que difícilmente alcanza las galletas escondidas y el bote para hacer pompas de jabón. Le duele el cuello de mirar siempre hacia arriba, y es que todo y todos están por encima de ella, el mundo parece transcurrir a metro y medio como mínimo del suelo, por debajo de esa distancia sólo vagabundean los niños y los perros. No le gustan los guisantes porque se caen del tenedor y nunca se acaban, cuantos más come más hay, como si salieran de un hormiguero del fondo del plato o como si se reprodujeran: en cuestión de segundos se conocen, se gustan, se casan y tienen guisantitos.
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Marta está cansada, hace media hora que salió del trabajo y ya ha pasado a recoger a Lucía del cole, ha hecho la comida y espera que la niña se la coma mientras pone la segunda lavadora del día. Vuelve de la cocina y la encuentra jugando en el pasillo, la coge en brazos y la sienta de nuevo en la silla retirándole los rizos de la cara y besándole en la frente:
- Come, cómete todos los guisantes que están muy buenos y te harás grande pronto. Luego jugamos, luego te llevo al cole y juegas toda la tarde.
Pero para Lucía ni los guisantes están buenos ni se quiere hacer grande, es feliz en su mundo de niños, perros y cabezas redondas de dragones verdes convertidas en guisantes:
- Que no quiero más.
- Que no has comido nada, venga Lucía por favor, termínatelos.
- Es que nunca se acaban mamá, no me gustan.
- Pues si no te gustan haz que te gusten.
- Que no quiero más!
- ¡Lucía. Vamos que me estoy enfadando! deja de marear los guisantes con el tenedor y métetelos en la boca..
En ese momento a pesar del inminente disgusto y reprimenda, Lucía se ríe, se ríe infinito, mientras se dibuja en su pequeña cabecita un dragón verde que cansado del día se cae mareado al suelo.
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