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Un día cualquiera.

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Estatua
París
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La primera vez no fue intencionado, al quitarse el pijama se quitó sin darse cuenta el alma entre las perneras de algodón arrugado. Después aprendió a quitársela conscientemente cuando le estorbaba y la colgaba cuidadosamente en las perchas que utilizaba para sus mejores trajes.
Un día se resbaló y cayó desafortunadamente sobre los zapatos de tacón de su mujer rasgándose de arriba abajo. Desde entonces los perros le ladran, los gatos le bufan y los niños le huyen.
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