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El rojo no es un color.

Graffiti
Graffiti en Holanda
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Hablaba con sus manos más que con su boca, y así aunque yo ocupara ésta besándola infinito, ella continuaba hablándome. Sus cuerdas vocales no estaban en la garganta sino en sus muñecas y su boca no estaba en la cara sino en sus manos. Con sus pulgares recitaba versos, con sus meñiques entonaba tangos, con sus dedos índices susurraba quimeras, con los anulares gritaba y con sus dos corazones tartamudeaba intencionadamente para repetir cada parte de mi cuerpo. Me hablaba de tal modo, que cuando estaba presente mis oídos no querían escuchar otra cosa y cuando no lo estaba, su voz no retumbaba en mi cabeza sino en mi piel, y me estremecía un escalofrío que me erizaba ante las risas de quienes me acompañaban y me llamaban temeroso sin saber que no era el miedo el que me estremecía sino los suspiros gélidos que ella me lanzaba para que no la olvidara.
Pero sólo nos compartíamos en la noche. El día era una de esas películas antiguas del período silente, en blanco y negro, mudas, con fotogramas artificialmente rápidos y con subtítulos en un idioma desconocido que nos hacía incomprensible y a veces indetectable el llanto, el temor y la alegría ajena; nos movíamos impulsados por la mano que empuja la manivela de las viejas cámaras de cine, un motor que se adueñaba de nuestra voluntad y nos dictaba donde ir, qué hacer y con quién estar. Sin embargo, la noche era distinta, estaba rodada a cámara lenta como si alguien desde fuera, desde no se sabe dónde, enlenteciera con un mando a distancia esas escenas para permitirnos disfrutarlas aun más. Y no era una noche muda sino que estaba colmada por sus voces, y era del color rojo de la pluma con la que ella escribía por todos los rincones, que a veces también eran mis rincones, y aquella tinta acababa finalmente por desteñir la noche, y la luna también era roja y sus manos y voz.
Una noche ella no llegó a casa. Todo el mundo piensa que me abandonó y todos piensan que por ello estoy aquí encerrado desde entonces, que es el desconsuelo el que no me deja salir a la calle o que existe un pozo en el que me he rendido, pero realmente no he visto ni al desconsuelo ni al pozo. Yo sé que ella se perdió, que olvidó el camino a casa, que se confundió de calle y no pudo detener la manivela que le impulsaba a seguir adelante. Sé que no me ha abandonado y que se encuentra desorientada entre el blanco y el negro de alguna película, entre los subtítulos de idioma desconocido, entre el silencio de voces inexistentes, entre los fotogramas exageradamente rápidos. Y por ello he convertido mi casa en un cine, con luz tenue y televisores en cada esquina que persistentemente emiten cine antiguo y me he recluido esperando el momento en que ella aparezca en alguna escena con una mirada ansiosa en busca del camino de vuelta.
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